ACORDES DE LA VIOLENCIA: LA LEY DEL OTRO
Autor: Saúl Paciuk
Las violencias asi como sus acordes (la inseguridad como corelato, la depresión como contexto), conforman un capítulo relevante de la vida personal y social actual. Ellas se manifiestan en el ámbito macro (notoriamente, la violencia que puede ejercerse desde el poder, el político, y el recogido por la crónica policial). Pero ahora son "descubiertas" en ámbito el micro y a la violencia en la ciudad debe sumarse la que ocurre en lo doméstico e, incluso, en situaciones como la relación médico-paciente.
Lo que sigue es un intento -entre tantos posibles- de arriesgar una hipótesis desde el psicoanálisis que pueda posibilitar su mejor comprensión. Ese intento atenderá lo conceptual y habrá de soslayar la clínica. Planteada la meta, quedan establecidos sus límites.
Acotemos mejor el campo. Hemos vivido y vivimos en un marco en el que tiene lugar lo que podemos llamar una relación de señorío, la que se ejerce tanto frente a otro como frente al mundo y que se manifiesta en actos contra, sean personas y sus bienes (agresión, robo, destrucción), contra cosas (pone su marca quien, como señor, hace cuanto quiere con el producto del trabajo o la creación de otros), contra bienes propios (que se "consumen"), contra la naturaleza (se quema, deteriora o cometen actos de crueldad). Este señorío se asocia hoy con la fuerza brutal desencadenada -criminalidad, terrorismo, tortura- y hoy día buena parte del mundo humano se considera expuesto.
El antecedente próximo del actual uso intensivo y extendido del término violencia es quizá el uso generalizado del término agresión (suponemos que el vecino término sadsismo se reserva para sus connotaciones sexuales) y es frecuente que se considere que hay continuidad, entendiendo la violencia como un grado superlativo de la agresión. Pero la acentuación de la sinonimia cerraría aquí la pregunta y por el contrario, parece plausible aprovechar este tiempo que se presenta como de sensibilización para ahondar en las diferencias entre ambos conceptos, diferencias en los hechos a los que se refieren o en los contextos a los que remite cada uno. Así por ejemplo, de la agresión puede dar cuenta (o ella se inscribe en) una posición teórica que ubica su centro de gravedad en el plano de lo pulsional. Violencia, en cambio, puede entenderse como apuntando al (malogrado) encuentro entre humanos; es contra otro, y resulta evidente que aun cuando se atacan cosas, se las ataca en su referencia a otros hombres, desde sus símbolos hasta el planeta que se les deja y hasta la ropa que otro tejió y cuyo trabajo se desvaloriza al darle un uso im-pertinente (arrastrar pantalones que -además- ya son fabricados con deterioros).
Comprender los actos que caben en esta relación de señorío como "violencia", apunta a lo ilegítimo y no deseable y entraña una protesta.
No debemos pasar por alto el que la definición de la violencia supone dificultades que nacen de que ella implica una consideración social que, evidentemente, es variable, siendo función de las culturas y los tiempos. Por ejemplo, ¿quién dice que una acción es contraria a un orden?, ¿cómo se establece esa contrariedad? Se puede decir que no es conforme al orden natural, pero precisamente lo que se pone en discusión es cuál es el orden natural válido o qué es lo natural de un orden, y el violento dirá que el orden transgredido violenta al orden natural y que el acto violento busca restaurar un orden legítimo violentado. Esto nos lo muestra la matanza en el Virginia Tech: el asesino se considera un vengador y llama "mártires" a los dos asesinos previos de Colombine y su acto violento hecho con mucho odio es presentado como acto justiciero, como una venganza contra violencias recibidas. (2)
Otra contribución a la oscuridad viene de la valoración de la violencia, la que tiene matices de ambivalencia: según el contexto se le reconocen valores positivos o negativos a ciertas transgresiones o a la ruptura de un orden (atentado, terrorismo, guerra, revolución), por lo que la aprehensión de la violencia depende de criterios de valor que están en vigor en cierto momento o sector social y en conflicto con los criterios que sostienen otros sectores. Además, la percepción de la gravedad de la violencia que se padece se relaciona con los escenarios sociales en que ocurre (clase social, ámbito cultural, por ejemplo).
En ese marco de relativismo y mas allá de las generalidades, quedan pocas posibilidades de alcanzar alguna forma ampliamente compartida de valoración (de lo cual es un ejemplo la variable diferenciación entre acoso y galanteo) y a veces hasta de definición (violencia contra la violencia, ¿es violencia?).
TRANSGRESIONES
Consideremos esta hipótesis: se trata de los otros, y quizá podamos acordar en que el ámbito de la violencia son los otros en cuanto alteridad, lo que la ubica como un problema ético.
Tal acuerdo podría nacer de considerar que las diferentes formas de violencia parecen tener un factor común: se manifiestan como acciones que son transgresiones a algo que supone una demanda o la voluntad de otro, a algo debido, a expectativas, a normas o reglas que la sociedad generalmente acepta y cuyo cumplimiento espera ("un modo natural de ser o proceder"), la ley, la moral. Ello no se modfica cuando se habla de acciones presentadas como reacción, por ejemplo, como respuesta a una violencia recibida.
De acuerdo a ello, violencia supone una expectativa, hay un curso esperable que se ve violentado, y porque ocurre algo que otro supone que no debería ocurrir es que puede decirse que la violencia ocurre en el orden del deber.
En este ámbito podemos distinguir dos contextos en los cuales hablamos de violencia. Uno menor o cotidiano, en el cual alguien desconoce una expectativa que es generalmente considerada como legítima y no considera necesario ni siquiera excusarse; y otro contexto en que el gesto violento es sentido como tal precisamente porque niega todo vínculo ético. (2)
Ocurran o no los acuerdos a los que recién apelamos, más allá de normas, naturaleza, convenciones, quizá quede firme la afirmación inicial: que, en todos los casos es el otro y su condición lo que está colocado como blanco de la violencia.
CIRCUITO PSICOANALITICO
Que pueda ser ineludible la implicación ética, no nos aleja del psicoanálisis sino que, por lo contrario, coloca al psicoanálisis en el corazón de la ética, lo que no deja de ser una afirmación fuerte que requiere ser agumentada. Busquemos entonces en nuestro propio terreno.
Como dijimos antes, el término violencia no conoce mayor tradición en psicoanálisis, en cambio si la tienen términos emparentados tales como agresividad y sus derivaciones hacia el sadismo o la afirmación fálica. Tomaremos dos exposiciones para señalar la distancia que va de uno a otro concepto.
Para Rycroft, (9) agresividad es lo antitético a sexo o libido, siendo utilizado el término para referirse a impulsos destructivos. Destaca que hay controversia en cuanto a considerarlo un impulso primario con sus objetivos propios (esto es, si existe una pulsión de destrucción, agresiva), o si se trata de una reacción a la frustración. De no tener estos objetivos propios, la agresividad sería una fuente de energía que capacita al yo para superar los obstáculos en el camino a la satisfacción de los impulsos, recuperando su significado tradicional de dinamismo, auto afirmación, expansividad. Dando un giro a esta concepción, en sus últimos trabajos Freud (3) plantea la agresividad como derivada de la pulsión de muerte, dirigida contra el sujeto o hacia el exterior. Asimismo habló (en "El problema económico del masoquismo") de la pulsión de empoderamiento (con alusiones a Adler) como contexto de la agresión.(4)
A su turno, Elsa Del Valle (1) señala en la violencia lo que considera como su carácter específico: "el intento de irrupción y forzamiento de la voluntad, el deseo o la intención del otro". Del Valle la liga a la voluntad de dominio: el obstáculo será removido, nada impedirá que yo haga lo que quiera, apuntando a "impedir que tú hagas lo que quieres." Es entonces que el blanco es la persona y las cosas (el efecto que el violento roba, por ejemplo) serían sólo un medio para aniquilar al otro como tal.
Es claro entonces que caben muy diferentes encares de la violencia y que esas diferencias anclan en contextos -o tienen supuestos- que son peculiares.
FINES DE LA VIOLENCIA
Podemos dar vuelta la página y considerar las violencias ya no desde el ángulo de sus "causas", sino atendiendo sus fines. En el caso de la visión pulsional, en la agresión se trata de la dis-tensión por la descarga. Pero si en la violencia hay un objetivo relacional -se trata de modificar la relación en curso y darle una forma nueva: la imposición y el sometimiento, forma corriente de violencia- entonces destaca como su meta el elemento de aniquilación de lo que el otro puede tener de otro, de objetor por ejemplo. Despojar al otro de valor por medio de la persecución que se denuncia o por la denigración que se ejecuta, parece ser un método idóneo para cerrar el paso a las evidencias de lo que podrían ser la angostura vital y los motivos de envidia ante la alteridad.
Si para pensar la violencia tomamos como ámbito la relación, ello nos lleva al territorio de la teoría centrada en las relaciones de objeto, cuya versión mas fecunda fue, quizás, la formulada por Melanie Klein. (5, 6) El pensamiento kleiniano da cuenta de esa situación de angostura primordial de un ser humano (nato, nacido, nada) ante otro ser humano (que no es cosa, que nos es animal, ni planta, sino otro, un di-ferente, frente al cual surgen identidades, simetrías y asimetrías). Presencia de un otro vivida como nadificante y matriz de la que se intenta salir (una "cura" ) por alguna de las formas de lo esquizoparanoide, organización de la relación signada por la escisión: constituyendo, haciendo (identificación proyectiva, canalizada por actos, palabras, gestos) del otro un "objeto". Es sobre este objeto se que ejerce el señorío de la violencia, la que comienza sea por constituirlo como perseguidor, sea como denigrado; una salida alternativa a la otra gran forma de la patología mental contemporánea, la depresión, ese escape al fracaso (implosivo) de la "defensa" por vía del narcisismo.
El sujeto trasmuta así la envidia nacida de la presencia ante otro y con ello se inicia, según enseñó Klein, el curso de la historia del sujeto en cuanto humano. Es claro que no se trata de una situación única originaria mas o menos mítica, sino de una que es recreada continuamente a lo largo de la vida, situación que hace de la envidia frente al otro supuesto poseedor de bienes, un intento precario pero ineludible de elaboración -de ex-peri-encia.
En esa situación lo bueno juega un papel fundamental: lo bueno es todo aquello que re-presenta uniones gozosas (de otros) en un marco de gratitud, uniones respecto de las cuales el sujeto se posiciona como excluido (violencia recibida). Pero debe anotarse algo más, que lo que se califica como bienes del otro no tiene su base en una valoración que pretenda alguna objetividad: el rasgo efectivo de esos bienes es el que son de otro, en la relación de envidia no es posible ninguna afirmación de un valor intrínseco. (8) Por ello, en el estar presente uno frente a otro, devaluar esos bienes mediante el ataque y al otro como poseedor, es devaluar su presencia y así "curar" la relación.
En fin, la diferencia está en el centro del problema y se puede decir que la envidia mueve al daño y ella es loca, porque lo que se destruye puede ser algo que para el violento sería bueno y hasta necesario: se inutilizan los teléfonos públicos robándoles partes que no tienen valor económico, y lo hacen muchas veces aquellos para quienes el teléfono puede ser vital (llamar a un médico, por ejemplo). Se trata de aniquilarlo para afectar a otros en lo que los re-presenta y para que no lo tenga nadie.
Recapitulemos: la relación de objeto queda en el centro de nuestra cuestión, pero ¿qué de la relación está allí? A esta altura parece claro que un marco de violencia puede comprenderse como campo de la relación envidiosa, de la toma de posición ante la diferencia. Ese campo implica una estructura relacional, una posición en que el otro, por ser un mero otro, es tenido como quien vanaliza la pretendida o reclamada unidad mía y del ser, ella se ve fracturada ante otro y ello motiva mi agravio que nace de que me es debido lo que el otro tiene, que debería borrarse toda diferencia. Devaluar al otro o configurarlo como perseguidor puede ser entonces el objetivo de la relación y el supuesto de la conducta frente a otro, condiciones para que el otro desaparezca como tal quedando anulado como alteridad e inválido su reconocimiento como otro, como fuente de valores.
Una situación análoga se plantea ante la posible respuesta al violento: de inicio parece que lo pertinente sería una conducta igualmente violenta, capaz tanto de frenarlo como de aplicarle su propia medicina… La violencia trae la violencia, pero la primera sólo es "descubierta" como tal al ser motivo (concretado en actos o no) para la segunda.
LA LEY DEL OTRO
Vimos que la transgresión (de expectativas) aparece como centro de la violencia; ella niega, desmiente, la ley, el que la ley se aplique al violento -él sostiene que ella si vale para los otros: los delincuentes reclaman amparo para sus derechos humanos. Incluso el violento puede reclamar que se admire la excepcionalidad de su condición evidenciada en haber cometido ciertos actos solo porque que otros "no se atreverían" a cometerlos: exhibe que él prescinde de lo que otro se desvive por sostener.
Se trata aquí de una ley que no está en el campo de lo jurídico, es una ley del otro. "Del otro", primero, porque toda ley es de otro, hecha e impuesta por otro. Pero hay una ley primera que el otro está lejos de poder imponer, cuya fuerza radica en una comunidad admitida o no, una ley que dice que allí hay un otro, presente sea en persona o por lo que lo puede re-presentar y que el sujeto le debe reconocimiento al otro como tal, tomando al otro como lo que es (y el sentido de reconocimiento excede aquí el campo de lo cognitivo), siendo la violencia la negación al reconocimiento.
¿Cómo es este reconocimiento? Nace de encontrar en ese allí enfrente un otro a partir de cierta tensión (allí hay otro frente al cual debo reconocer que es otro y que yo soy otro, con la misma exposición y precariedad que encuentro en él) y de límites al hacer con él, hacer que debe tomar en cuenta lo de él. Heymann sostuvo que "El señalamiento de los filósofos de que cada conciencia es un fastidio para la otra, y tanto más por cuanto la necesita, no requiere ninguna hipótesis adicional." (2)
Una visión psicoanalítica nos dirá que la ausencia de reconocimiento del otro es, además, concomitante a una ausencia de reconocimiento de sí de parte del sujeto (escisión), quien no reconoce en sí mismo este impacto que marca la presencia de otro y ante otro. De modo que al tiempo que se entrelazan el sentimiento de sí y la orientación hacia el otro (10), se evidencia que la relación de objeto parcial comprende tanto al sujeto como al objeto.
La ley nace de reconocer esta angostura frente a un otro ylos actos violentos son una vía para hacer frente a esta tensión aniquilando esa presencia de alteridad, convirtiendo al otro en objeto (perseguidor, denigrado) que se manipula (destruye, mortifica, humilla) según el antojo.
Es mérito de Klein haber mostrado que sólo se llega al reconocimiento a partir de superar actos de des-conocimiento, en este caso, de esta ley. Ley que toma formas y contenidos variados a lo largo de la experiencia de las relaciones de objeto - y este paso primordial considerado como violencia por transgredir supuestas expectativas, es un paso necesario (es ya una "mala" forma de reconocimiento) en el camino hacia nuevas formas de relación de objeto. Como sabemos, esas nuevas formas se orientan hacia la gratitud, gratitud que tiene como uno de sus equivalentes, precisamente el término reconocimiento (del don recibido).
LA CIRCUNSTANCIA
Retomemos una aproximación desde el ámbito de lo social. Se plantea un vinculo entre cambio, modernización y violencia: se sostiene que el cambio social rápido trae una desintegración social correlativa, lo que hace a la sociedad mas expuesta y que por ello reclama seguridad, lo cual se manifiesta en la situación actual de la sociedad desarrollada, la que puede caracterizarse como creando situaciones calificadas como exclusión que manifiestan un fuerte narcisismo que lleva a jerarquizar la propia persona en desmedro del otro.
Observemos que el aumento de la violencia que hoy es denunciado, ocurre al mismo tiempo que el aumento de la oportunidad de interacciones entre sujetos, consecuencia ineludible de la creciente vida urbana. La urbanización ofrece más oportunidades de contactos y conlleva esperanzas de inclusión en espacios mayores, pero a la vez expone más a las diferencias, y en los hechos las expectativas de ingresar a los presuntos goces de la vida urbanizada no se cumplen: en la ciudad se puede ser excluido, ser más "nadie" y esta nadificación expondría a la violencia.
Lo mismo ocurre en relación a la posesión de bienes, posesión a menudo objeto de violencia. Más bienes, más refinados y más personalizados, diferentes a los que pueden tener otros: por todos lados el choque con la diferencia reaparece y se acentúa. Como contrapartida, quien considera que tiene más bienes más teme estar expuesto, se manifiesta inseguro, y supone que otro querrá invertir o al menos borrar esa diferencia, destruyendo lo que la origina. No puede tener la seguridad que reclama porque el ataque que teme es invisible, subrepticio. La inseguridad del poseedor se conjuga con el que no puede defenderse del temor al ataque invisible y violento -finalmente, envidioso- de quienes se consideren excluidos de esas posesiones. (Lo cual plantea que la raíz del consumismo es la posesión envidiosa, que poseer es dar a envidiar, lo cual conlleva inseguridad y afirma el carácter envidioso de los ataques esperados.)
Pero observemos que no basta la acción de una de las partes para configurar la exclusión, se requiere a ambas, a quien excluye y a quien se posiciona como excluido desde que no reconoce diferencias o las toma como un agravio. No se trata tanto de que necesite lo que el encuentra que otro posee, sino que su necesidad nace a partir de descubrir que otro lo tiene y que él no lo tiene, suponiendo que la exclusión ocurre por una acción del otro que, activamente, lo priva de algo que debería pertenecer al excluido y que fantasea que da al otro oportunidad de un goce inefable.
NO DEMONIZAR
La violencia, algunos modos de la violencia, aparece entonces como inherente a esa forma primordial de la relación de objeto en la posición equizoparanoide conceptualizada como envidia, y la entrada en la violencia puede entenderse como dejar de sostener el conflicto psíquico y pasar al acto.
Tal planteo supone admitir que las violencias -tanto como dicha posición- tienen una presencia dominante en la historia individual. Pero supone a la vez una contribución a la no demonización de las violencias, porque si bien ellas con su poder relegan la razón a oficiar de fuente de la utopía y la ilusión, es precisamente como inspiradora de la esperanza (posición depresiva) que la razón conforma y nutre un mundo posible.
BIBLIOGRAFÍA
1) DEL VALLE, E., MOISE C., La violencia nuestra de cada día. En Revista de Psicoanálisis, Número especial internacional Nº 7
2) HEYMANN, E., Comunicación personal.
3) FREUD, S., (1920) Más allá del principio del placer
4) --------------- (1924) El problema económico del masoquismo
5) KLEIN, M., Algunas conclusiones teóricas sobre la vida emocional del lactante. En Desarrollos en Psicoanálisis.
6) -------------- Envidia y gratitud
7) PACIUK, S., Melanie Klein, el giro en la antropología. En Psicoanálisis. APDEBA
8) --------------- Actuar, hablar, interpretar. En Revista Uruguaya de Psicoanálisis, Nº 56
9) RYCROFT, Ch. Dicionario crítico de psicanálise.
10) SAUERWALD, G., Parcours de la reconnaisance:Paul Ricoeur en diálogo con Axel Honneth. En revista Relaciones, Nº 278, julio de 2007
11) WIEVIORKA, M., La violencia, su papel en la destrucción y constitución el sujeto. En revista Relaciones, Nº 276, abril de 2007
|
|