LOS BORDES DEL AFECTO:
TERRITORIO EN DISPUTA
THE EDGES OF AFFECT: A CONTESTED TERRITORY
AS BORDAS DO AFETO: TERRITÓRIO EM DISPUTA
Adriana Alonzo Díaz
Facultad de Psicología, Universidad de la República
Montevideo, Uruguay
Correo electrónico: adrialonzo@gmail.com
ORCID: 0009-0006-7199-0197
Recibido: 15/3/2026
Aceptado: 22/4/2026
Equinoccio. Revista de psicoterapia psicoanalítica, 7(1), enero-junio 2026, pp. 61-74.
ISSN: 2730-4833 (papel), 2730-4957 (en línea). DOI: doi.org/10.53693/ERPPA/7.1.4
Para citar este artículo / To reference this article / Para citar este artigo
ALONZO DÍAZ, A. (2026). Los bordes del afecto: territorio en disputa.
Equinoccio. Revista
de psicoterapia psicoanalítica, 7
(1), 61-74. DOI: doi.org/10.53693/ERPPA/7.1.4
Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0)
Submitted: 3/15/2026
Accepted: 4/22/2026
Recebido: 15/3/2026
Aceite: 22/4/2026
Resumen
Este artículo propone una reexión teórico-clínica sobre las múltiples concepcio-
nes del afecto y su regulación en la psicología contemporánea. Esta diversidad concep-
tual expresa la pluralidad de modelos desde los cuales se ha intentado comprender al
sujeto, su psiquismo y sus vínculos. En este escenario, las controversias teóricas pueden,
en ocasiones, dicultar el alojamiento del sufrimiento humano en la clínica, al embar-
carse en disputas territoriales por el monopolio del término. Pensar la regulación afec-
tiva exige hoy sostener una perspectiva de multiplicidad que permita articular distintos
niveles de análisis sin reducir el fenómeno a uno solo de ellos.
Palabras clave: afecto, intersubjetividad, epistemología, interdisciplina.
Abstract
This article presents a theoretical-clinical reection on the multiple conceptions
of affect and its regulation in contemporary psychology. Such conceptual diversity
reects the plurality of models through which the subject, their psyche, and relational
dynamics have been understood. In this context, theoretical controversies can at times
hinder the capacity to address human suffering in the clinical setting, as they lead to
territorial disputes over the monopoly of terminology. Approaching affect regulation
today requires embracing a perspective of multiplicity that allows for the integration of
different levels of analysis without reducing the phenomenon to any single one of them.
Keywords: affect, intersubjectivity, epistemology, interdisciplinarity.
Resumo
Este artigo propõe uma reexão teórico-clínica sobre as múltiplas concepções
do afeto e sua regulação na psicologia contemporânea. Essa diversidade conceitual
expressa a pluralidade de modelos a partir dos quais se buscou compreender o sujeito,
seu psiquismo e seus vínculos. Nesse cenário, as controvérsias teóricas podem, por
vezes, dicultar o acolhimento do sofrimento humano na clínica, ao se envolverem
em disputas territoriais pelo monopólio do termo. Pensar a regulação afetiva exige,
hoje, sustentar uma perspectiva de multiplicidade que permita articular diferentes
níveis de análise sem reduzir o fenômeno a apenas um deles.
Palavras-chave: afeto, intersubjetividade, epistemologia, interdisciplina.
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REGULACIÓN AFECTIVA: LA PREGUNTA QUE DIVIDE1
¿Se regula el afecto? Formulada de este modo, la pregunta parece
sencilla, con una respuesta binaria que clausura la discusión en un
o un no. A menudo aparece acompañada de una explicación sucinta
que fundamenta la respuesta y obtura las posibilidades de diálogo.
Cada vez que esta pregunta se plantea en la clínica o en el in-
tercambio teórico, emerge una tensión entre visiones contrapuestas
de un mismo fenómeno. Detrás de la aparente claridad conceptual se
despliega una trama de supuestos que pocas veces se explicitan.
Quizás, una manera de hacer visible lo que subyace sea formular
otras preguntas que convoquen al diálogo: ¿qué nombramos cuando
hablamos de regulación?, ¿control, modulación, simbolización, inhi-
bición?, ¿nos referimos a procesos intrapsíquicos, a operaciones cog-
nitivas, a circuitos neurobiológicos o a experiencias vinculares?, ¿a
qué nos referimos cuando pensamos el afecto y desde qué lugar lo
enunciamos?
El afecto ha estado presente desde los inicios de la psicología. En
la obra de Sigmund Freud aparece como una cantidad susceptible de
desplazamiento y transformación, pero también como una señal que
advierte al Yo acerca de un peligro (Freud, 1926/2014). No se trata de
un fenómeno accesorio, sino de una dimensión constitutiva de la vida
psíquica.
Con el desarrollo de las corrientes cognitivo-comportamentales, el
eje se desplazó hacia las emociones, entendidas como procesos sus-
ceptibles de identicación y modulación. En este marco, la regulación
comenzó a formularse en términos de estrategias y habilidades orien-
tadas a modicar la experiencia emocional y su expresión conductual
1 Este artículo fue aprobado por la editora Mariana Payrá.
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(Gross, 1998); también se incorporó el papel de funciones ejecutivas,
como la planicación, la exibilidad cognitiva y la inhibición.
En la literatura psicológica y psicoanalítica, los términos afecto,
emoción y sentimiento suelen utilizarse de manera indistinta, aunque
reeren a niveles diferentes de la experiencia afectiva. En el psicoa-
nálisis, Freud emplea el concepto de afecto para designar la tonalidad
cualitativa o energética que acompaña las representaciones psíquicas
y que puede experimentar diversos destinos en el funcionamiento del
aparato psíquico (Freud, 1915/2014).
Desde la neurociencia se ha propuesto una distinción entre emo-
ción y sentimiento. António Damásio y Joseph LeDoux describen la emo-
ción como un conjunto de respuestas psicobiológicas del organismo
frente a estímulos signicativos, que incluyen cambios siológicos,
activación neural y tendencias a la acción (Damásio, 2010; LeDoux,
1999). El sentimiento, en cambio, remite a la experiencia consciente
de esos estados emocionales, es decir, a la percepción subjetiva de las
modicaciones corporales producidas por la emoción (Damásio, 2010).
Mientras el afecto alude a la dimensión psíquica y dinámica de la vi-
vencia emocional, la emoción reere a los procesos corporales y neu-
robiológicos que la sostienen, y el sentimiento, por su parte, alude a su
registro subjetivo y consciente.
El avance de las neurociencias introdujo, además, una nueva na-
rrativa que habla de circuitos neuronales, neurotransmisores y siste-
mas de activación e inhibición. Por momentos, en el debate contem-
poráneo parece que la complejidad del afecto podría agotarse en la
descripción de sus correlatos neuronales. Se oscila así entre dos reduc-
cionismos explicativos: «todo es afecto» o «todo es cerebro». La tensión
no desaparece, simplemente se desplaza.
De este modo, se recongura una nueva dicotomía entre afecto y
cognición que tiende a asignar al psicoanálisis el primero y a los en-
foques cognitivo-comportamentales la segunda. Estas diferencias no
constituyen por sí mismas un problema. La dicultad aparece cuando
estos lenguajes se cristalizan en compartimentos estancos y dejan de
interpelarse mutuamente.
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Cada enfoque ha producido conocimientos valiosos, pero tam-
bién ha recortado el fenómeno desde una lógica propia que no siem-
pre dialoga con las demás. Cuando en la clínica nos encontramos con
dicultades persistentes en la regulación afectiva, esa fragmentación
teórica no es inocua, sino que orienta nuestras intervenciones y deli-
mita aquello que consideramos posible transformar. De esta manera,
la pregunta inicial «¿Se regula el afecto?» se complejiza. No se trata
solo de determinar si el afecto se regula, sino de interrogarnos desde
qué concepción de sujeto formulamos la respuesta y qué dimensiones
dejamos fuera de lo pensable. La clínica obliga a exibilizar nuestras
certezas e interpela continuamente los marcos teóricos desde los que
intentamos comprenderla.
Tal vez el desafío no consista en elegir entre perspectivas, sino en
sostener la incomodidad de hacerlas dialogar. A pesar de las adver-
tencias de Damásio (2010), parece que volvemos a caer en el error de
Descartes y reproducimos la dualidad mente-cuerpo, que reaparece
bajo nuevas formas: emoción-afecto, afecto-cognición, psicología-bio-
logía. Desde el discurso promovemos la integralidad, pero en la prác-
tica seguimos fragmentando al paciente según las especializaciones
disciplinarias (psicoanálisis, neurociencias, neuropsicología, enfoque
cognitivo-conductual).
LOS DESTINOS DEL AFECTO EN EL PSICOANÁLISIS
Desde sus primeros desarrollos, el psicoanálisis otorgó al afecto un
lugar central en la comprensión de la vida psíquica. En la obra de Freud
aparece ligado a la representación y a la dinámica de la excitación que
atraviesa el aparato psíquico (Freud, 1915/2014). Las representaciones
pueden ser reprimidas, desplazadas o transformadas, mientras que
los afectos siguen destinos propios. Esta distinción muestra que los
procesos psíquicos no se reducen únicamente a ideas como contenido,
sino que implican también una dimensión de intensidad que debe ser
elaborada por el psiquismo.
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Aunque el término regulación afectiva no forma parte del vocabu-
lario freudiano, la preocupación por los modos en que el psiquismo
logra tramitar las intensidades afectivas atraviesa buena parte de su
obra. La noción de angustia como señal introduce la idea de que ciertos
afectos pueden cumplir una función anticipatoria que moviliza defen-
sas frente a situaciones de peligro (Freud, 1926/2014). Posteriormente,
distintos desarrollos psicoanalíticos ampliaron esta problemática al
introducir la presencia del otro en los procesos de transformación del
afecto.
Melanie Klein avanzó en esta dirección al incorporar la teoría de
las relaciones objetales, que subraya el papel de las ansiedades tem-
pranas, las fantasías inconscientes y los vínculos con los objetos pri-
marios en la conguración del mundo interno (Klein, 1946/1990). Más
adelante, René Spitz evidenció la importancia del vínculo temprano a
partir de sus estudios sobre hospitalismo y mostró cómo la privación
afectiva temprana podía comprometer profundamente la constitución
psíquica (Spitz, 1945/1965).
Por su parte, Donald Woods Winnicott desarrolló la noción de fun-
ción materna y de madre sucientemente buena, que destacan la impor-
tancia del sostén y de los cuidados tempranos en la constitución de
la vida psíquica (Winnicott, 1956/1993). A su vez, Wilfred Bion subra-
yó la relevancia de la rêverie (‘ensueño’ o ‘ensoñación’) materna y de
la función alfa en la transformación de las experiencias emocionales
primitivas en elementos pensables, un proceso fundamental para la
elaboración psíquica de las emociones (Bion, 1962/1991).
En una línea convergente, John Bowlby articuló el psicoanálisis con
la psicología del desarrollo al formular la teoría del apego, lo que situó
el vínculo temprano como un elemento central en la constitución del
psiquismo (Bowlby, 1969/1982). De Ajuriaguerra introdujo la noción de
diálogo tónico-postural para describir los sucesivos encuentros y acomo-
daciones entre los cuerpos del infante y su madre en la comunicación
temprana (De Ajuriaguerra, 1973); subrayó así la importancia de estos
intercambios corporales en la constitución de las primeras formas de
comunicación.
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Todos estos aportes, entre otros, contribuyeron a comprender el
afecto no solo como fenómeno intrapsíquico, sino también como un
fenómeno relacional.
DEL AFECTO A LA REGULACIÓN: LA EMERGENCIA
DE OTROS LENGUAJES
Estos desarrollos del psicoanálisis coexistieron, a lo largo del siglo
, con la emergencia de otras corrientes psicológicas que introdujeron
nuevas formas de conceptualizar los fenómenos afectivos. Mientras el
psicoanálisis continuaba trabajando con las nociones de afecto, pulsión
y conicto psíquico, la psicología cognitiva se centró en el estudio de las
emociones y en los mecanismos mediante los cuales pueden ser modu-
ladas. Desde estos enfoques, la regulación se dene como el conjunto de
procesos que permiten modicar la intensidad, la duración o la expre-
sión de las emociones mediante estrategias cognitivas o conductuales.
Diversos autores han contribuido a complejizar esta articulación
entre afecto y procesos regulatorios desde perspectivas complementa-
rias. Los trabajos de Allan Schore, entre otros, subrayan la importancia
de los procesos de regulación afectiva temprana en el desarrollo del
cerebro relacional (Schore, 2003), mientras que James Gross sistema-
tiza el estudio de la regulación emocional como un conjunto de pro-
cesos mediante los cuales los individuos modulan la experiencia y la
expresión de las emociones (Gross, 1998). Desde la neurociencia afecti-
va, Jaak Panksepp ha destacado la existencia de sistemas emocionales
básicos con anclaje neurobiológico (Panksepp, 1998).
Los estudios sobre funciones ejecutivas han destacado el papel de
procesos como la planicación, la exibilidad cognitiva y la inhibición
en la regulación del comportamiento. En este marco, la inhibición se
reere a la capacidad de suprimir o demorar respuestas impulsivas, lo
que permite ajustar la conducta a las demandas del contexto y a metas
a largo plazo (Diamond, 2013; Miyake et al., 2000). Tradicionalmente,
este proceso ha sido considerado uno de los componentes especícos
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del funcionamiento ejecutivo, junto con la memoria de trabajo y la
exibilidad cognitiva (Adrover-Roig et al., 2012; Cerezo García et al.,
2015; Miyake et al., 2000). En esta línea, Russel Barkley señala que la
inhibición conductual ocupa un lugar central en el funcionamiento
ejecutivo, en tanto posibilita la organización de la acción, la autorregu-
lación y la orientación de la conducta hacia metas (Barkley, 1997). Más
recientemente, algunos autores han planteado que la inhibición po-
dría entenderse no solo como un componente especíco, sino como un
proceso más general que subyace al funcionamiento ejecutivo (Tirapú-
Ustárroz et al., 2002; Tirapú-Ustárroz, 2018). Este desplazamiento abre
la posibilidad de pensar la relación entre los procesos de control del
comportamiento y las modalidades de regulación del afecto.
Mientras que en la neuropsicología la inhibición designa la ca-
pacidad de suprimir respuestas automáticas o preponderantes, en el
psicoanálisis este fenómeno se inscribe en la dinámica del conicto
psíquico. Desde esta perspectiva, la presencia o ausencia de inhibición
conductual no permite, por sí sola, inferir el modo en que el sujeto
tramita sus estados afectivos. Las manifestaciones clínicas muestran
conguraciones complejas en las que el funcionamiento cognitivo, las
experiencias afectivas y las condiciones relacionales se entrelazan de
maneras singulares, que difícilmente puedan reducirse a un único len-
guaje teórico. En este contexto, la perspectiva intersubjetiva introduce
un desplazamiento signicativo: la regulación afectiva deja de pensar-
se exclusivamente como función del individuo para ser comprendida
como un proceso que se constituye en la relación.
EL GIRO INTERSUBJETIVO: LA REGULACIÓN COMO
EXPERIENCIA RELACIONAL
Los desarrollos contemporáneos vinculados a los autores posfreu-
dianos mencionados, así como los aportes de la teoría del apego y la
teoría de la mentalización, han contribuido a reformular el problema
de la regulación afectiva.
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Peter Fonagy y sus colaboradores plantean que la capacidad de
comprender y modular los estados afectivos se constituye en el con-
texto de relaciones intersubjetivas tempranas (Fonagy et al., 2002). La
mentalización reere a la capacidad de comprender el comportamien-
to propio y el de los otros en términos de estados mentales. Desde esta
perspectiva, la regulación afectiva no se reduce a un proceso indivi-
dual de control emocional, sino que se inscribe en una matriz relacio-
nal en la que los afectos son inicialmente reconocidos y modulados
por otro. La regulación puede comprenderse como la internalización
de una experiencia relacional.
Estos planteos dialogan también con los aportes de Daniel Stern
acerca del desarrollo del self en el contexto de las interacciones tem-
pranas, donde las experiencias de sintonización afectiva y los inter-
cambios intersubjetivos cumplen un papel central en la organización
de la experiencia del infante (Stern, 1985). En la clínica, esta perspec-
tiva se vuelve particularmente visible. Hay momentos en los que el
paciente no logra aún nombrar lo que le acontece y el afecto irrum-
pe bajo la forma de irritación, angustia difusa o momentos de desco-
nexión. En esas situaciones, el trabajo clínico consiste en alojar ese
estado y sostener las condiciones para que algo de esa experiencia
pueda comenzar a adquirir forma representacional. En este sentido, la
regulación afectiva no se reduce a un proceso intrapsíquico, sino que
puede iniciarse cuando el afecto encuentra en el otro un espacio de
reconocimiento que habilita su progresiva elaboración.
Este desplazamiento obliga a revisar la noción misma de autorre-
gulación. Si el afecto se constituye y se transforma en la trama vin-
cular, la clínica debe atender también a la cualidad del intercambio
intersubjetivo.
LA ARTICULACIÓN COMO TAREA CLÍNICA
Si entendemos que la regulación afectiva involucra dimensiones
neuropsicológicas, intrapsíquicas e intersubjetivas, la articulación se
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convierte en una exigencia clínica. En la práctica, esto implica soste-
ner simultáneamente distintos niveles de análisis. Las siguientes vi-
ñetas clínicas2 dan cuenta de la tensión que se genera en este intento.
Tomás, de 6 años, llega a consulta derivado por su escuela porque
«se movía mucho y no atendía». Un estudio neuropsicológico concluye:
«Perl congruente con » y sugiere derivación a psicomotricidad.
Paralelamente,  realiza un seguimiento por violencia intrafami-
liar (la maestra había observado moretones en el niño). Ambas situa-
ciones se presentan como inconexas en los informes: una sumatoria
de problemas, no una trama.
¿Quién es Tomás?, ¿el niño inquieto con dicultades atencionales
de base neuropsicológica? ¿o el sobreviviente de maltrato cuya hipervi-
gilancia y desregulación motriz expresan un sufrimiento psíquico aún
no simbolizable? La pregunta no es retórica. En la lógica fragmentada
del sistema, Tomás es ambas cosas a la vez, pero sin articulación: un
paciente para la neuropsicología, otro para la red de protección infantil.
Desde la perspectiva desarrollada, esta disociación institucional replica
aquello que el psicoanálisis describe como destinos del afecto no ligado.
Desde los planteos de Bion (1962/1991), la inquietud motriz de
Tomás constituiría el elemento beta: una experiencia emocional pri-
mitiva que no ha podido ser transformada por la función alfa de un
otro que la contenga. La violencia intrafamiliar no habría ofrecido ese
sostén; por el contrario, introdujo una amenaza adicional. La escuela
y los dispositivos de salud, al fragmentar la intervención, tampoco lo-
gran constituirse como ese otro regulador que permita que el afecto
encuentre representación.
Un abordaje articulado consistiría, no en elegir entre una lectura
neuropsicológica o vincular, sino en preguntarse: ¿qué función cumple
la hiperactividad en la economía psíquica de Tomás?, ¿es puramen-
te un décit atencional o también una defensa contra la pasividad
del cuerpo maltratado?; ¿qué lugar encuentra el niño para tramitar
2 Para salvaguardar la identidad y preservar el anonimato de los pacientes, se modi-
caron sus datos personales.
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la angustia si no hay un adulto que la aloje y la nombre? Abordar la
regulación afectiva en la clínica nos obliga a sostener estas preguntas
sin clausurarlas prematuramente con un diagnóstico único.
Una segunda viñeta ilustra otra dimensión del problema. Petra, 13
años, comenta en consulta: «Ahora quieren que vaya a psiquiatra por
esto de que no duermo. Desde los 5 vengo así, con ansiedad. Ya fui a
psicopedagogía, psicomotricista, psicóloga… Estoy cansada, me ahoga
esto». Su frase condensa años de periplo institucional sin alivio. Cada
dispositivo trató un aspecto (el sueño, el aprendizaje, el cuerpo), pero
ninguno alojó la experiencia subjetiva de quien los padece.
Cuando un paciente se desorganiza afectivamente, podemos pen-
sar en términos de incremento de la excitación, dicultades en el pro-
ceso de simbolización, defensas rigidizadas o perturbaciones en la
trama relacional. Ninguna de estas hipótesis, por sí sola, alcanza a
dar cuenta de la complejidad de la escena clínica. La multiplicidad
no implica eclecticismo ni una yuxtaposición indiscriminada de teo-
rías, sino la posibilidad de articular distintos niveles de comprensión.
Supone mantener abiertos varios ejes de lectura y ponerlos a trabajar
de manera articulada y acorde a la singularidad del paciente.
Las consideraciones clínicas desarrolladas no buscan clausurar
la discusión, sino abrir un espacio de reexión sobre las implicancias
teóricas y éticas que se desprenden de pensar la regulación afectiva
desde una perspectiva de complejidad.
CONSIDERACIONES FINALES
La discusión acerca de la regulación afectiva no es únicamente
conceptual: en la clínica, las posiciones teóricas orientan la escucha y
conguran nuestras intervenciones. En este sentido, sostener la com-
plejidad del fenómeno implica resistir la tentación del reduccionismo
frente a la opacidad del sufrimiento psíquico.
La defensa rígida de un marco teórico puede ofrecer una cier-
ta seguridad, pero corre el riesgo de empobrecer la comprensión del
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fenómeno clínico. La obra de Freud nunca constituyó un sistema ce-
rrado; en cambio, dejó problemas abiertos e invitó a expandir el campo
hacia territorios aún inexplorados. En esta línea, los desarrollos con-
temporáneos también obligan a revisar certezas clásicas.
La multiplicidad no exige diluir las diferencias entre marcos teó-
ricos, sino sostener una disposición al diálogo que reconozca que nin-
gún modelo agota el fenómeno. Tal vez la pregunta no sea si el afecto
se regula, se liga o se mentaliza, sino qué pierde cada disciplina cuan-
do intenta responder en soledad.
La pluralidad no disuelve las diferencias, las pone en diálogo. Y ese
diálogo, lejos de debilitar al psicoanálisis, podría constituir una de las
condiciones de su vitalidad contemporánea: la posibilidad de sostener
esa tensión sin clausurarla.
* * *
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